viernes, 12 de septiembre de 2014

Injusticia de 5844 días.



Incluye video
Por María del Carmen Fuentes

Aquel 12 de septiembre de 1998 marcó para siempre la vida de Cinco cubanos y de sus familias. A Ramón, René, Fernando, Antonio y Gerardo todo les cambió: el presente y el futuro. Una falsa y ensañada acusación del gobierno de los Estados Unidos los convirtió en prisioneros sometidos a los más duros  castigos.
Su pueblo, desde que conoció el caso –manipulado por la prensa de Miami- les acompaña en la batalla de demostrar que solo luchaban desde las entrañas del Imperio, para evitar los actos de terror contra la Isla irredenta que es Cuba.
Hoy se cumplen 16 años de tan inhumano e injusto encierro. Durante 5844 días con sus  noches muchos han sido los desvelos dentro y fuera de esas prisiones. Junto a su pueblo ya están,  luego de cumplir íntegramente sus condenas, René y Fernando, pero a la estrella de dignidad y resistencia que ellos Cinco simbolizan le falta aun en suelo patrio 3 de sus puntas.
 El clamor mundial se siente cada vez más alto para impulsar  la decisión presidencial de Obama de firmar la libertad de Tony, Gerardo y Ramón, hombres cuya sensibilidad y entereza mucho tienen que enseñarle a quien puede determinar  ya el fin de sus absurdas condenas.
Cuán diferente hubiese sido la vida de los Cinco en libertad en estos 5844 días. Imagino a Gerardo y su esposa Adriana con la prole que se les ha impedido engendrar al negársele a ella la visa para visitar a su amado. Pienso en los mimos y cuidados que  Tony en su hogar diera a su octogenaria madre Mirtha, en el apoyo de Ramón a sus tres hijas y a su esposa, en  René compartiendo con su hermano y su padre hasta los últimos minutos de sus vidas, y a Fernando enfrentando junto a su compañera Rosa Aura los embates de la vida.
 Sin embargo, algo me consuela, la integridad de estos hombres que los conviritió en Héroes, los elevó más que todo a la categoría de seres humanos extraordinarios. Todo eso que se les ha impedido vivir con sus familias y en su país lo han tenido presente en las prisiones y por alguna vía se lo han hecho saber  y sentir a sus familias, a su pueblo y a sus dirigentes.
Los ideales y los principios éticos, revolucionarios y fidelistas han hechos de los Cinco un motivo, una inspiración.  Son la evocación, la guía de miles en el mundo que en grupos de solidaridad trabajan incansablemente por su libertad. 


sábado, 6 de septiembre de 2014

Suscribe Obama la tosudez y la mala fe

 

 No tengo la más mínima duda, por mucha política que mueve a estos presidente yanquis, junto con los billetes, claro, cuando se prorroga el bloqueo contra una país como Cuba, ellos demuestran la maldad de sus almas y la perversidad de sus pensamientos. Otra vez lo confirmo...

Tomado de Cubadebate

Obama firma prórroga rutinaria para mantener el bloqueo contra Cuba

El presidente de Estados Unidos, Barak Obama, extendió un año más las medidas del bloqueo  comercial contra Cuba, informó hoy la Casa Blanca.
En un memorándum enviado a sus secretarios de Estado, John Kerry, y del Tesoro, Jack Lew, Obama anunció su decisión de mantener el bloqueo por considerarlo de “interés nacional de Estados Unidos”.
La renovación de esa ley, que prohíbe que las empresas estadounidenses puedan hacer negocios con la isla, tiene carácter rutinario y sus predecesores también la han prorrogado anualmente por más de 50 años.
La ley contra el Comercio con el Enemigo, que data de 1917 y se aprobó con vistas a la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, prohíbe que las firmas estadounidenses comercien con países hostiles. En el caso de la Isla, es el bloqueo más largo de un país contra otro en la Historia, y cuenta con el rechazo de la abrumadora mayoría de las naciones del planeta.
El bloqueo económico contra Cuba ha sido expandido y reforzado con otras leyes estadounidenses, como la Torricelli, de 1992, que impide el envío de alimentos a Cuba -con la excepción de ayuda humanitaria- o la Helms Burton, de 1996.
(Con información de agencias)

jueves, 21 de agosto de 2014

Artículo de Fidel Castro: La verdadera amistad (+ Fotos)

Tomado de Cubadebate

fidel castro nicolas maduro la habana 20 de agosto 20143
A su paso por Cuba (Nicolás Maduro) aprovechó para hacer un contacto conmigo y saludarme personalmente como había prometido, el 13 de agosto.
Ayer recibí la visita del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, quien realizó un viaje al exterior relacionado con la defensa de importantes intereses petroleros de su país.
A su paso por Cuba aprovechó para hacer un contacto conmigo y saludarme personalmente como había prometido, el 13 de agosto del presente año cuando tuve el privilegio de cumplir 88 años. Ese día me había obsequiado algunas frutas, entre ellas, unas pequeñitas como perlas, que yo ni siquiera había visto nunca y son de excelente sabor. También me regaló un uniforme deportivo, obsequio de los atletas venezolanos que buscan laureles para su país.
Me alegró extraordinariamente que cumpliera tan pronto su visita, no solo por el honor que implica su presencia y acción rápida, que requiere la difícil tarea de llevar adelante la épica lucha de Hugo Chávez, sino también por las actividades excepcionales que está realizando.
Nuestro mundo está viviendo un momento excepcional y único, cada día es mayor el número de personas que está pendiente de ello. Entre tales acontecimientos, uno de los más dramáticos es el genocidio que se lleva a cabo en la Franja de Gaza, donde 1,8 millones de seres humanos viven acorralados entre el desierto, el mar y el poderío militar de un país del Oriente Medio, donde el imperio más poderoso que ha existido nunca ha creado a lo largo de más de medio siglo, y a un costo, según algunos estimados, que se aproxima a cien mil millones de dólares, una potencia militar nuclear sofisticada y a la vez irresponsable. Muchas personas se preguntan: ¿Quién gobierna a quién, Estados Unidos a Israel o Israel a Estados Unidos?
Los hechos son visibles. Cohetes con blancos programados, bombarderos veloces y precisos, artillería blindada y tanques modernos, atacan edificios repletos de personas, así como a hospitales, escuelas e instalaciones de servicios, matando niños, jóvenes, ancianos, madres y padres indefensos.
Antes ocurrían hechos atroces. Sin remitirnos desde luego a pasados milenios, sino a luchas que sucedían antes de la Segunda Guerra Mundial: guerra de Etiopía, Guerra Civil de España, bombardeo de Guernica, guerra de Japón para conquistar a China, intervenciones de Estados Unidos en América Latina; hechos que causaban conmoción, pero que en nada se parecían a las espeluznantes escenas que hoy se observan en las imágenes que cada ciudadano ve en sus hogares por televisión. Los políticos se turban y el caos se hace evidente en la política mundial.
Por ello resultó tan útil el encuentro con el Presidente Venezolano. Me pareció sin embargo que guardar silencio no beneficiaría a nadie. Con la mayor sinceridad lo felicité por lo que estaba haciendo por el pueblo mártir de la Franja de Gaza. Que los países que sufren una tragedia merecen una ayuda continua en la medida de los recursos de un país, por dura que sea su propia situación. Eso fue lo que hizo Cuba, aun en sus tiempos más difíciles, bajo el feroz bloqueo yanki que dura ya más de medio siglo.
Lo que hace hoy Venezuela es un ejemplo excepcional. Son conocidas las medidas púnicas del imperialismo contra ella, desde que intentaron derrocar a Chávez con el apoyo de la oligarquía fascista de Venezuela, y eliminarlo si fuera posible. Éste nunca vaciló y fue solidario con nuestra Patria en los tiempos más difíciles.
Felicité a Maduro por su extraordinaria solidaridad con el pueblo heroico de la Franja de Gaza. Apenas llegaron noticias del genocidio y el elevado número de niños, madres y otras personas heridas o asesinadas por los ataques genocidas de Israel, ordenó preparar un avión militar de carga, de fabricación norteamericana, que solo con grandes dificultades puede superar el bloqueo de piezas por sus fabricantes, y enviarlo con equipos, medicamentos y alimentos esenciales a Egipto con destino a Gaza; envió además al incansable Ministro de Relaciones Exteriores a El Cairo a fin de obtener el apoyo pertinente para hacérselos llegar a quienes desesperadamente lo necesitaban.
Desde entonces los valientes pilotos venezolanos transportan su carga humanitaria, que permite salvar madres, niños y ancianos de la muerte. Leía hoy sin embargo un despacho de la agencia AP procedente de Venezuela, en el que se publican declaraciones de la “Asociación de Clínicas y Hospitales de Venezuela, que agrupa” a “centros de salud privados del país”, pidiendo al Gobierno que se declare una “emergencia humanitaria” para hacer frente a la “escasez de insumos, medicamentos, equipos médicos y repuestos” que, aseguran, “ponen en riesgo la vida de la población.”
¡Qué enorme casualidad! Esta demanda se realiza precisamente cuando en la Franja de Gaza se produce el genocidio yanki-israelita de la zona más pobre y superpoblada de esa comunidad que ha vivido allí a lo largo de milenios.
Eso es lo que hace tan meritoria la conducta de Maduro y los militares y especialistas venezolanos que llevan a cabo tan ejemplar acción ante la tragedia del pueblo hermano de Palestina.
Muchas cosas se podrían decir ante este hecho notable si el Homo Sapiens lograra vivir -lo que estaría en sus manos-, y no se extermina a sí mismo.
Durante un recorrido por áreas que implican grandes perspectivas alimentarias, aparecen dos trabajadoras. Les pregunté si conocían al acompañante. Lo miraron bien y dijeron: “El presidente Maduro”, y sonrieron con picardía. Les pregunté qué nivel de escolaridad tenían. La más joven dijo: “12 grados”. La otra, todavía joven y fuerte, respondió que era graduada como profesora de Educación Física y Deportes, en lo que trabajó varios años. Finalmente les pregunté si estarían dispuestas a trabajar en Venezuela, y con entusiasmo me respondieron: “¡Por supuesto que sí!”.
No me extiendo si pretendo publicar este escrito hoy mismo, como le expresé al Presidente venezolano.

Fidel Castro Ruz
Agosto 20 de 2014
6 y 44 p.m.
fidel castro nicolas maduro la habana 20 de agosto 20144
Felicité a Maduro por su extraordinaria solidaridad con el pueblo heroico de la Franja de Gaza.
fidel castro nicolas maduro la habana 20 de agosto 20147
Lo que hace hoy Venezuela es un ejemplo excepcional.
fidel castro nicolas maduro la habana 20 de agosto 20146
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Durante un recorrido por áreas que implican grandes perspectivas alimentarias.
fidel castro nicolas maduro la habana 20 de agosto 20145
Les pregunté si conocían al acompañante. Lo miraron bien y dijeron: “El presidente Maduro”, y sonrieron con picardía.

viernes, 11 de julio de 2014

Emite la Aduana nuevas resoluciones sobre la importación de productos

La Aduana General de la Re­pública (AGR) emitió nuevas normas para la importación de productos sin carácter comercial, dirigidas a todas las personas que arriben al país o reciban envíos desde el ex­tranjero...
La Aduana General de la Re­pública (AGR) emitió nuevas normas para la importación de productos sin carácter comercial, dirigidas a todas las personas que arriben al país o reciban envíos desde el ex­tranjero, las cuales aparecen publicadas esta mañana en la Gaceta Oficial no. 30 y entrarán en vigor a partir del primero de septiembre.
Según explicó a Granma Idalmis Rosales Milanés, vicejefa de la AGR, se trata de cuatro resoluciones, tres de la AGR y una del Ministerio de Finanzas y Precios, “que actualizan la política que la Aduana ha venido aplicando desde el 2011”.
Refirió la entrevistada que estas decisiones se tomaron a partir de un estudio que confirmó los altos volúmenes de importación que realizan determinadas personas con destino a la comercialización y el lucro, usando para ello los márgenes de importación no comercial establecidos hasta ahora.
Sobre estos casos registrados, Granma conoció algunos de los más significativos. En un año un pasajero importó, a través de la terminal 3 del Aeropuerto Interna­cio­nal José Martí, 41 monitores de computadoras y 66 televisores de pantalla plana. Otra persona trajo 34 impresoras, 58 monitores y 74 torres de computadoras, todo ello entre el 2011 y el 2014. A comienzos de enero del 2013, un pasajero llevó en su equipaje 1 695 unidades de rodamiento y otro en el mes de marzo cargó con 400 unidades de bombillos intermitentes para mo­tos; todas esas mercancías fueron decomisadas por comprobarse su carácter comercial.
Acerca de este asunto, Rosales Milanés aclaró que las personas naturales solo pueden realizar im­portaciones sin carácter comercial. En tal sentido, dijo, “se mantiene que el valor total de los artículos comprendidos en el equipaje, sujeto al pago de los derechos de aduanas —que no formen parte de los efectos personales— no podrá ex­ceder de 1 000 pesos. En tanto, los envíos no pueden pasarse de 200 pesos”.
Lo que sí cambia con las nuevas Resoluciones son las cantidades de algunos de los artículos que se im­portan por cualquier vía, sus valores, así como el peso y el cobro del arancel de las misceláneas contenidas en envíos postales, aéreos y ma­rítimos.
Así, la Resolución no. 207 establece el nuevo Listado de Valora­ción en Aduana para las importaciones sin carácter comercial. En él se precisa el tipo de artículo y el valor determinado por esta institución.
Como complemento, la Reso­lución no. 206 precisa el límite para la determinación del carácter co­mercial a las importaciones que realicen las personas naturales por cualquier vía. En ella se reitera que “la autoridad aduanera está facultada para determinar el carácter co­mercial en el caso de que las cantidades de un mismo artículo, su naturaleza, su función o lo reiterado de las importaciones, indiquen que se efectúa con fines comerciales”. Esta disposición también va acompañada de una lista que contiene las cantidades de artículos permitidos a partir de ahora.
Aclaró que se entiende como importación reiterada, “la acción de reincidir o repetir la operación de importación de misceláneas, artículos o productos de la misma naturaleza, según el criterio de la autoridad aduanera”, la que está facultada para decomisar las cantidades que excedan lo establecido.
“La entrada en vigor de estas disposiciones no obstaculiza el cruce ágil por frontera de los pasajeros que se ajusten a lo legislado, los que podrán seguir usando el llamado Canal Verde, por donde transitan quienes no deben realizar ningún pago ante aduana”.
“Es válido reiterar que las autoridades aduaneras aplican el carácter selectivo hacia aquellas personas que pudieran estar realizando alguna actividad para lucrar, a partir de bases de datos estadísticos que permiten hacer una selección lo más racional posible”, acotó la vicejefa.
Por otro lado, la AGR emitió además la Resolución no. 208 que de­termina el valor en aduana de los artículos que clasifican como misceláneas y se importan sin carácter comercial mediante envíos por vía aérea, marítima y postal.
Esta disposición sustituye a la no. 122 del 2012 y dispone que a partir de este momento el valor de importación de un kilogramo es de 20 pesos. Se mantiene que solo se podrán importar a través de envíos valores hasta 200 pesos, por lo tanto se reduce a 10 kilogramos el peso permitido para estas cargas.
En consecuencia, el Ministerio de Finanzas y Precios suscribió la Resolución no. 300, la cual establece que el abono de los aranceles por dichos envíos es en CUC y además “quienes los reciban estarán exentos del pago de impuestos por los primeros 30 pesos o su equivalente hasta 1,5 kilogramos, apuntó.
Las personas que reciban envíos por encima de los 30 pesos (1,5 kilogramos) y hasta un valor de 200 (10 kilogramos) pagarán el 100 %.
Precisó Rosales Milanés que “por las cargas que estén en Cuba pendientes de despacho cuando entren en vigor estas normativas, se abonarán los aranceles fijados por la Resolución no. 223 del 2012, vigente hasta el 30 de agosto”.
Sobre el término “misceláneas” utilizado en estas normas, explicó que lo comprenden artículos como calzado, confecciones, alimentos, productos de aseo personal y del hogar, bisutería, lencería, perfumería y similares.
La entrevistada comentó que “se mantiene el derecho de los colaboradores a traer al país el menaje de casa al término de su misión. Nin­guna de estas resoluciones cambia tampoco lo que está estipulado sobre los derechos sin pago de arancel por los efectos personales de los pasajeros; y lo mismo sucede para los que traen o envían diez kilogramos de medicamentos que están exonerados del pago”.
Es importante —concluyó— que las personas que viajen o reciban envíos se interesen en conocer las nuevas normas que aparecen pu­blicadas en la Gaceta este viernes, para estar al tanto de sus derechos y obligaciones, pues evitarían la co­misión de infracciones, disgustos, molestias y pérdidas de tiempo en las operaciones aduanales.

martes, 29 de abril de 2014

El Primero de Mayo, los camagüeyanos y Camilo



Llega el  Día Internacional de los Trabajadores y con él para los camagüeyanos, como para los cubanos todos, una jornada de fiesta. Aunque se repasan  los aciertos productivos y se reconoce cuánto queda por  hacer, la clase obrera de la Isla sabe de la certeza de sus conquistas, del disfrute de la oportunidad de un empleo,  del respeto a sus derechos laborales y a ser escuchados desde la fábrica hasta el Parlamento. Por eso las imágenes un 1ro de Mayo  desde cualquier rincón del país caribeño sorprenden a un  mundo donde las protestas obreras colman noticias y desmoralizan sistemas.
 En Cuba el panorama cambió a partir del triunfo de la Revolución. Comenzaba una época muy diferente a la de 1890 cuando se celebró por primera vez el día proletario, en medio de, prácticamente, el estado de sitio decretado por las autoridades coloniales españolas. Entonces la marcha fue desde Campo Marte (hoy parque de la Fraternidad) hasta las esquinas de Virtudes y Consulado. Participaron alrededor de tres mil trabajadores y dieron cumplimiento al acuerdo del congreso de la Internacional, efectuado en París el año anterior. Luego,  el primer desfile tuvo lugar  en la República en 1925. Asistieron unas 40 mil personas.
Posteriormente,  y  hasta el triunfo revolucionario en 1959, la clase obrera demostraba su pujanza a contrapelo de los abusos de los gobiernos pro yanquis; sedimentando así una conciencia de clase,  cuyo apoyo a los movimientos sociales fue incomparable.
A nadie beneficiaron más las medidas de la Revolución naciente que a los trabajadores y al campesinado. Se visibilizaba un sector mayoritario y desposeído hasta entonces. Se le retribuían sus esfuerzos y crecían las oportunidades de superación individual y familiar. El proletariado cubano comenzaba a tener razones para festejar.
 
Y en este primer respaldo de los obreros a su gobierno rebelde “de los humildes, por los humildes y para los humildes”, al decir de Fidel, si los capitalinos no pudieron  contar en la entonces Plaza Cívica (hoy Plaza de la Revolución) con Fidel,  quien asistía a la Conferencia de los 21 en Argentina, -aunque  sí con el Comandante Raúl Castro-, los camagüeyanos aun recuerdan con la misma emoción la presencia en tierras agramontinas del Comandante Camilo Cienfuegos.
En  el Casino Campestre de la ciudad de Camagüey, el Señor de la Vanguardia y uno de los líderes rebeldes más populares,  fue ovacionado por los camagüeyanos, tras un discurso cuya convocatoria está vigente: “Tenemos que emplear todo el tiempo en unirnos, en apoyar la Revolución, en apoyar las medidas revolucionarias que a diaria está dictando nuestro Gobierno…” 
Incluso Camilo se refirió a que había visto cartelones en que los obreros pedían armas y deseaban organizarse para recibir instrucción militar y acerca de ello, expresó: “Los obreros quieren instrucción militar y nosotros les daremos a esos obreros instrucción militar, se la vamos a dar porque el pueblo y los trabajadores son iguales que los soldados de este Ejército; porque todos estamos para defender la causa común.”
Finalmente, Camilo exclamaba para terminar su intervención de aquella oportunidad: “[…] este Camagüey que está marchando a la vanguardia de las provincias revolucionarias”, y de inmediato sentencia: “Hermanos camagüeyanos, ¡van muy bien!”.
Transcurridos 55 años de aquel momento histórico,  cuando desfilemos por el Día Internacional de los Trabajadores, honraremos al Comandante Camilo Cienfuegos

, convencidos y dispuestos a preservar todo por lo que entregó su vida.

viernes, 25 de abril de 2014

El bloqueo desde la óptica del Gabo

He tomado de Cubadebate este excelente artículo del Gabo que más que un trabajo periodístico pudiera servir de clase de historia sobre un hecho del que se habla todos los días en Cuba pero aun a la vuelta de tantos años resulta para muchos cubanos una palabra vacía cuando para nada lo es: el bloqueo de los Estados Unidos a Cuba. !Cómo  me gustaría que tantos jóvenes lo leyeran!

¿Cómo se asfixia a un pueblo sin tirar un cañonazo? 
Por: Gabriel García Márquez


En momentos de relectura de su obra ante la partida, encontramos este texto de Gabriel García Márquez, publicado en 1978 en la revista Proceso. En él, con la maestría acostumbrada, el Gabo recrea sus impresiones de los primeros años del bloqueo de Estados Unidos en Cuba. CubaDebate lo comparte, en su honor y por la óptica con que aborda el tema.
Aquella noche, la primera del bloqueo, había en Cuba unos 482,560 automóviles, 343,300 refrigeradores, 549,700 receptores de radio, 303,500 televisores, 352,900 planchas eléctricas, 286,400 ventiladores, 41,800 lavadoras automáticas, 3,500,000 relojes de pulsera, 63 locomotoras y 12 barcos mercantes. Todo eso, salvo los relojes de pulso, que eran suizos, había sido hecho en los Estados Unidos.

Al parecer, había de pasar un cierto tiempo antes de que la mayoría de los cubanos se dieran cuenta de lo que significaban en su vida aquellos números mortales. Desde el punto de vista de la producción, Cuba se encontró de pronto con que no era un país distinto sino una península comercial de los Estados Unidos. Además de que la industria del azúcar y el tabaco dependían por completo de los consorcios yanquis, todo lo que se consumía en la isla era fabricado por los Estados Unidos, ya fuera en su propio territorio o en el territorio mismo de Cuba.

La Habana y dos o tres ciudades más del interior daban la impresión de la felicidad de la abundancia, pero en realidad no había nada que no fuera ajeno, desde los cepillos de dientes hasta los hoteles de 20 pisos de vidrio del Malecón. Cuba importaba de los Estados Unidos casi 30 mil artículos útiles e inútiles para la vida cotidiana. Inclusive los mejores clientes de aquel mercado de ilusiones eran los mismos turistas que llegaban en el Ferry boat de West Palm Beach y por el Sea Train de Nueva Orléans, pues también ellos preferían comprar sin impuestos los artículos importados de su propia tierra. Las papayas criollas, que fueron descubiertas en Cuba por Cristóbal Colón desde su primer viaje, se vendían en las tiendas refrigeradas con la etiqueta amarilla de los cultivadores de las Bahamas. Los huevos artificiales que las amas de casa despreciaban por su yema lánguida y su sabor de farmacia tenían impreso en la cáscara el sello de fábrica de los granjeros de Carolina del Norte, pero algunos bodegueros avispados los lavaban con disolvente y los embadurnaban de caca de gallina para venderlos más caros como si fueran criollos. No había un sector del consumo que no fuera dependiente de los Estados Unidos. Las pocas fábricas de artículos fáciles que habían sido instaladas en Cuba para servirse de la mano de obra barata estaban amontonadas con maquinaria de segunda mano que ya había pasado de moda en su país de origen. Los técnicos mejor calificados eran norteamericanos, y la mayoría de los escasos técnicos cubanos cedieron a las ofertas luminosas de sus patrones extranjeros y se fueron con ellos para los Estados Unidos. Tampoco había depósitos de repuestos, pues la industria ilusoria de Cuba reposaba sobre la base de que sus repuestos estaban sólo a 90 millas, y bastaba con una llamada telefónica para que la pieza más difícil llegara en el próximo avión sin gravámenes ni demoras de aduana.

A pesar de semejante estado de dependencia, los habitantes de las ciudades continuaban gastando sin medida cuando ya el bloqueo era una realidad brutal. Inclusive muchos cubanos que estaban dispuestos a morir por la Revolución, y algunos sin duda que de veras murieron por ella, seguían consumiendo con un alborozo infantil. Más aún: las pioneras medidas de la Revolución habían aumentado de inmediato el poder de compra de las clases más pobres, y estas no tenían entonces otra noción de felicidad que el placer simple de consumir. Muchos sueños aplazados durante media vida y aun durante vidas enteras se realizaban de pronto. Sólo que las cosas que se agotaban en el mercado no eran repuestas de inmediato, y algunas no serían repuestas en muchos años, de modo que los almacenes deslumbrantes del mes anterior se quedaban sin remedio en los puros huesos.

Cuba fue por aquellos años iniciales el reino de la improvisación y el desorden. A falta de una nueva moral –que aún habrá de tardar mucho tiempo para formarse en la conciencia de la población– el machismo Caribe había encontrado una razón de ser en aquel estado general de emergencia.

El sentimiento nacional estaba tan alborotado con aquel ventarrón incontenible de novedad y autonomía, y al mismo tiempo las amenazas de la reacción herida eran tan verdaderas e inminentes, que mucha gente confundía una cosa con la otra y parecía pensar que hasta la escasez de leche podía resolverse a tiros. La impresión de pachanga fenomenal que suscitaba la Cuba de aquella época entre los visitantes extranjeros, tenía un fundamento verídico en la realidad y en el espíritu de los cubanos, pero era una embriaguez inocente al borde del desastre.

En efecto, yo había regresado a La Habana por segunda vez a principios de 1961, en mi condición de corresponsal errátil de Prensa Latina, y lo primero que me llamó la atención fue que el aspecto visible del país había cambiado muy poco, pero que en cambio la tensión social empezaba a ser insostenible. Había volado desde Santiago hasta La Habana en una espléndida tarde de marzo, observando por la ventanilla los campos milagrosos de aquella patria sin ríos, las aldeas polvorientas, las ensenadas ocultas, y a todo lo largo del trayecto había percibido señales de guerra. Grandes cruces rojas dentro de círculos blancos habían sido pintadas en los techos de los hospitales para ponerlos a salvo de bombardeos previsibles. También en las escuelas, los templos y los asilos de ancianos se habían puesto señales similares. En los aeropuertos civiles de Santiago y Camagüey había cañones antiaéreos de la Segunda Guerra Mundial disimulados con lonas de camiones de carga, y las costas estaban patrulladas por lanchas rápidas que habían sido de recreo y entonces estaban destinadas a impedir desembarcos. Por todas partes se veían estragos de sabotajes recientes: cañaverales calcinados con bombas incendiarias por aviones mandados desde Miami, ruinas de fábricas dinamitadas por la resistencia interna, campamentos militares improvisados en zonas difíciles donde empezaban a operar con armamentos modernos y excelentes recursos logísticos los primeros grupos hostiles de la revolución. En el aeropuerto de La Habana donde era evidente que se hacían esfuerzos para que no se notara el ambiente de guerra, había un letrero gigantesco de un extremo a otro de la cornisa principal: “Cuba, territorio libre de América”. En lugar de los soldados barbudos de antes, la vigilancia estaba a cargo de milicianos muy jóvenes con uniforme verde olivo, entre ellos algunas mujeres, y sus armas eran todavía las de los viejos arsenales de la dictadura. Hasta entonces no había otras. El primer armamento moderno que logró comprar la Revolución a pesar de las presiones contrarias de los Estados Unidos había llegado de Bélgica el 4 de marzo anterior, a bordo del barco francés Le Coubre, y este voló en el muelle de La Habana con 700 toneladas de armas y municiones en las bodegas por causa de una explosión provocada. El atentado produjo además 75 muertos y 200 heridos entre los obreros del puerto pero no fue reivindicado por nadie, y el gobierno cubano lo atribuyo a la CIA. Fue en el entierro de las víctimas cuando Fidel Castro proclamó la consigna que habría de convertirse en la divisa máxima de la nueva Cuba: “Patria o Muerte”. Yo la había visto por primera vez en las calles de Santiago, la había visto pintada a brocha gorda sobre los enormes carteles de propaganda de empresas de aviación y pastas dentífricas norteamericanas en la carretera polvorienta del aeropuerto de Camagüey, y la volví a encontrar repetida sin tregua en cartoncitos improvisados en las vitrinas de las tiendas para turistas del aeropuerto de La Habana, en las antesalas y los mostradores, y pintada con albayalde en los espejos de la peluquería y con carmín de labios en los cristales de los taxis. Se había conseguido tal grado de saturación social, que no había ni un lugar ni un instante en que no estuviera escrita aquella consigna de rabia, desde las pailas de los trapiches hasta el calce de los documentos oficiales, y la prensa, la radio, y la televisión la repitieron sin piedad durante días enteros y meses interminables, hasta que se incorporó a la propia esencia de la vida cubana.

En La Habana, la fiesta estaba en su apogeo. Había mujeres espléndidas que cantaban en los balcones, pájaros luminosos en el mar, música por todas partes, pero en el fondo del júbilo se sentía el conflicto creador de un modo de vivir ya condenado para siempre, que pugnaba por prevalecer contra otro modo de vivir distinto, todavía ingenuo, pero inspirado y demoledor. La ciudad seguía siendo un santuario de placer, con máquinas de lotería hasta en las farmacias y automóviles de aluminio demasiado grandes para las esquinas coloniales, pero el aspecto y la conducta de la gente estaba cambiando de un modo brutal. Todos los sedimentos del subsuelo social habían salido a flote, y una erupción de lava humana, densa y humeante, se esparcía sin control por los vericuetos de la ciudad liberada, y contaminaba de un vértigo multitudinario hasta sus últimos resquicios. Lo más notable era la naturalidad con que los pobres se habían sentado en la silla de los ricos en los lugares públicos. Habían invadido los vestíbulos de los hoteles de lujo, comían con los dedos en las terrazas de las cafeterías del Vedado, y se cocinaban al sol en las piscinas de aguas de colores luminosos de los antiguos clubes exclusivos de Siboney.

El cancerbero rubio del hotel Habana Hilton, que empezaba a llamarse Habana Libre, había sido reemplazado por milicianos serviciales que se pasaban el día convenciendo a los campesinos de que podían entrar sin temor, enseñándoles que había una puerta de ingreso y otra de salida, y que no se corría ningún riesgo de tisis aunque se entrara sudando en el vestíbulo refrigerado. Un chévere legítimo del Luyanó, retinto, y esbelto, con una camisa de mariposas pintadas y zapatos de charol con tacones de bailarín andaluz, había tratado de entrar al revés por la puerta de vidrios giratorios del hotel Riviera, justo cuando trataba de salir la esposa suculenta y emperifollada de un diplomático europeo. En una ráfaga de pánico instantáneo, el marido que la seguía trató de forzar la puerta en un sentido mientras los milicianos azorados trataban de forzarla desde el exterior en sentido contrario. La blanca y el negro se quedaron atrapados por una fracción de segundo en la trampa de cristal, comprimidos en el espacio previsto para una sola persona, hasta que la puerta volvió a girar, y la mujer corrió confundida y ruborizada, sin esperar siquiera al marido, y se metió en la limusina que la esperaba con la puerta abierta y que arrancó al instante. El negro, sin saber muy bien lo que había pasado, se quedó abochornado y trémulo.

-¡Coño! –Suspiró– ¡Olía a flores!

Eran tropiezos frecuentes. Y comprensibles, porque el poder de compra de la población urbana y rural había aumentado de un modo considerable en un año. Las tarifas de la electricidad, del teléfono, del transporte y de los servicios públicos en general, habían sufrido reducciones drásticas, y se organizaban excursiones especiales del campo a la ciudad y de la ciudad al campo que en muchos casos eran gratuitos. Por otra parte, el desempleo se estaba reduciendo a grandes pasos, los sueldos subían, y la Reforma Urbana había aliviado la angustia mensual de los alquileres, y la educación y los útiles escolares no costaban nada. Las 20 leguas de harina de marfil de las playas de Varadero, que antes tenían un solo dueño y cuyo disfrute estaba reservado a los ricos demasiado ricos, fueron abiertas sin condiciones para todo el mundo, inclusive para los mismos ricos. Los cubanos, como la gente del Caribe en general, habían creído desde siempre que el dinero sólo servía para gastárselo, y por primera vez en la historia de su país lo estaban comprobando en la práctica.

Creo que muy pocos éramos conscientes de la manera sigilosa pero irreparable en que la escasez se nos iba metiendo en la vida.

Aún después del desembarco en Playa Girón los casinos continuaban abiertos, y algunas putitas sin turistas rondaban por los contornos en espera de que un afortunado casual de la ruleta les salvara la noche. Era evidente que a medida que las condiciones cambiaban, aquellas golondrinas solitarias se iban volviendo lúgubres y cada vez más baratas. Pero de todos modos las noches de La Habana y de Guantánamo seguían siendo largas e insomnes, y la música de las fiestas de alquiler se prolongaba hasta el alba. Esos rezagos de la vida vieja mantenían una ilusión de normalidad y abundancia que ni las explosiones nocturnas, ni los rumores constantes de agresiones infames, ni la inminencia real de la guerra conseguían extinguir, pero que desde hacía mucho tiempo habían dejado de ser verdad. A veces no había carne en los restaurantes después de la media noche, pero no nos importaba, porque tal vez había pollo.

A veces no había plátano, pero no nos importaba porque tal vez había boniato. Los músicos de los clubes vecinos y los chulos impávidos que esperaban las cosechas de la noche frente a un vaso de cerveza, parecían tan distraídos como nosotros ante la erosión incontenible de la vida cotidiana.

En el centro comercial habían aparecido las primeras colas y un mercado negro incipiente pero muy activo empezaba a controlar los artículos.

Yo tomé conciencia del bloqueo de una manera brutal, pero a la vez un poco lírica, como había tomado conciencia de casi todo en la vida. Después de una noche de trabajo en la oficina de Prensa Latina me fui solo y medio entorpecido en busca de algo para comer. Estaba amaneciendo. El mar tenía un humor tranquilo y una brecha anaranjada lo separaba del cielo en el horizonte. Caminé por el centro de la avenida desierta, contra el viento de salitre del malecón, buscando algún lugar abierto para comer bajo las arcadas de piedras carcomidas y rezumantes de la ciudad vieja. Por fin encontré una fonda con la cortina metálica cerrada pero sin candado, y traté de levantarla para entrar, porque dentro había luz y un hombre estaba lustrando los vasos en el mostrador. Apenas lo había intentado cuando sentí a mis espaldas el ruido inconfundible de un fusil al ser montado, y una voz de mujer muy dulce pero resuelta.

–Quieto compañero –dijo– Levanta las manos. Era una aparición en la bruma del amanecer. Tenía un semblante muy bello, con el pelo amarrado en la nuca como una cola de caballo, y la camisa de miliciana ensopada por el viento del mar. Estaba asustada sin duda, pero tenía los tacones separados y bien establecidos en la tierra, y agarraba el fusil como un soldado.

–Tengo hambre –dije.

Tal vez lo dije con demasiada convicción, porque sólo entonces comprendió que yo no había tratado de entrar a la fonda a la fuerza, y su desconfianza se convirtió en lástima.

–Es muy tarde –dijo.

–Al contrario –le repliqué–: el problema es que es demasiado temprano. Lo que quiero es desayunar.

Entonces hizo señas hacia adentro por el cristal, y convenció al hombre de que me sirviera algo aunque faltaban dos horas para abrir. Pedí huevos fritos con jamón, café con leche y pan con mantequilla, y un jugo fresco de cualquier fruta. El hombre me dijo con una precisión sospechosa que no había huevos ni jamón desde hacía una semana ni leche desde hacía tres días, y que lo único que podía servirme era una taza de café negro y pan sin mantequilla, y si acaso un poco de macarrones recalentados de la noche anterior. Sorprendido le pregunté qué estaba pasando con las cosas de comer, y mi sorpresa era tan inocente que entonces fue él quien se sintió sorprendido.

–No pasa nada –me dijo–. Nada más que a este país se lo llevó el carajo.

No era enemigo de la Revolución como lo imaginé al principio. Al contrario era el último de una familia de 11 personas que se habían fugado en bloque para Miami. Había decidido quedarse, y en efecto se quedó para siempre, pero su oficio le permitía descifrar el porvenir con elementos más reales que los de un periodista trasnochado. Pensaba que antes de tres meses tendría que cerrar la fonda por falta de comida, pero no le importaba mucho porque ya tenía planes muy bien definidos para su futuro personal.

Fue un pronóstico certero. El 12 de marzo de 1962, cuando ya habían transcurrido 322 días desde el principio del bloqueo, se impuso el razonamiento drástico de las cosas de comer. Se asignó a cada adulto una ración mensual de tres libras de carne, una de pollo, seis de arroz, dos de manteca, una y media de frijoles, cuatro onzas de mantequilla y cinco huevos. Era una ración calculada para que cada cubano consumiera una cuota normal de calorías diarias. Había raciones especiales para los niños, según la edad, y todos los menores de 14 años tenían derecho a un litro diario de leche. Más tarde empezaron a faltar los clavos, los detergentes, los focos, y otros muchos artículos de urgencia doméstica, y el problema de las autoridades no era reglamentarlos sino conseguirlos. Lo más admirable era comprobar hasta qué punto aquella escasez impuesta por el enemigo iba acendrando la moral social. El mismo año en que se estableció el racionamiento ocurrió la llamada Crisis de Octubre, que el historiador inglés Hugh Thomas ha calificado como la más grave de la historia de la humanidad, y la inmensa mayoría del pueblo cubano se mantuvo en estado de alerta durante un mes, inmóviles en sus sitios de combate hasta que el peligro pareció conjurado, y dispuestos a enfrentarse a la bomba atómica con escopetas. En medio de aquella movilización masiva que hubiera bastado para desquiciar a cualquier economía bien asentada, la producción industrial alcanzó cifras insólitas, se terminó el ausentismo en las fábricas y se sortearon obstáculos que en circunstancias menos dramáticas hubieran sido fatales. Una telefonista de Nueva York le dijo en esa ocasión a una colega cubana que en los Estados Unidos estaban muy preocupados por lo que pudiera ocurrir.

–En cambio aquí estamos muy tranquilos –replicó la cubana–. Al fin y al cabo, la bomba atómica no duele.

El país producía entonces suficientes zapatos para que cada habitante de Cuba pudiera comprar un par al año, de modo que la distribución se canalizó a través de los colegios y los centros de trabajo. Sólo en agosto de 1963, cuando ya casi todos los almacenes estaban cerrados porque no había materialmente nada que vender, se reglamentó la distribución de la ropa. Empezaron por raciones de nueve artículos, entre ellos los pantalones de hombre, la ropa interior para ambos sexos y ciertos géneros textiles, pero antes de un año tuvieron que aumentarlos a 15. Aquella Navidad fue la primera de la Revolución que se celebró sin cochinito y turrones, y en que los juguetes fueron racionados. Sin embargo, y gracias precisamente al racionamiento, fue también la primera Navidad en la historia de Cuba en que todos los niños sin ninguna distinción tuvieron por lo menos un juguete. A pesar de la intensa ayuda soviética y de la ayuda de China Popular que no era menos generosa en aquel tiempo, y a pesar de la asistencia de numerosos técnicos socialistas y de la América Latina, el bloqueo era entonces una realidad ineludible que había de contaminar hasta las grietas más recónditas de la vida cotidiana y a apresurar los nuevos rumbos irreversibles de la historia de Cuba. Las comunicaciones con el resto del mundo se habían reducido al mínimo esencial. Los cinco vuelos diarios a Miami y los dos semanales de Cubana de Aviación a Nueva York fueron interrumpidos desde la Crisis de Octubre. Las pocas líneas de América Latina que tenías vuelos a Cuba los fueron cancelando a medida que sus países interrumpían las relaciones diplomáticas y comerciales, y sólo quedo un vuelo semanal desde México que durante muchos años sirvió de cordón umbilical con el resto de América, aunque también como canal de infiltración de los servicios de subversión y espionaje de los Estados Unidos. Cubana de Aviación, con su flota reducida a los épicos Bristol Britannia que eran los únicos cuyo mantenimiento podían asegurar mediante acuerdos especiales con los fabricantes ingleses, sostuvo un vuelo casi acrobático a través de la ruta polar hasta Praga. Una carta de Caracas, a menos de mil kilómetros de la costa cubana, tenía que darle la vuelta a medio mundo para llegar a La Habana. La comunicación telefónica con el resto del mundo tenía que hacerse por Miami o Nueva York, bajo el control de los servicios secretos de los Estados Unidos, mediante un prehistórico cable submarino que fue roto en una ocasión por un barco cubano que salió de la bahía de La Habana arrastrando el ancla que había olvidado levar. La única fuente de energía eran los 5 millones de toneladas de petróleo que los tanqueros soviéticos transportaban cada año desde los puertos del Báltico, a 14 mil kilómetros de distancia, y con una frecuencia de un barco cada 53 horas. El Oxford, un buque de la CIA equipado con toda clase de elementos de espionaje, patrulló las aguas territoriales cubanas durante varios años para vigilar que ningún país capitalista, salvo los muy pocos que se atrevieron, contrariara la voluntad de los Estados Unidos. Era además una provocación calculada a la vista de todo el mundo. Desde el malecón de La Habana o desde los barrios altos de Santiago se veía de noche la silueta luminosa de aquella nave de provocación anclada en aguas territoriales. Tal vez muy pocos cubanos recordaban que del otro lado del mar Caribe, tres siglos antes, los habitantes de Cartagena de Indias habían padecido un drama similar.

Las 120 mejores naves de la armada inglesa, al mando del almirante Vernon, habían sitiado la ciudad con 30 mil combatientes selectos, muchos de ellos reclutados en las colonias americanas que más tarde serían los Estados Unidos. Un hermano de George Washington, el futuro libertador de esas colonias, estaba en el estado mayor de las tropas de asalto. Cartagena de Indias, que era famosa en el mundo de entonces por sus fortificaciones militares y la espantosa cantidad de ratas de sus albañales, resistió el asedio con una ferocidad invencible, a pesar de que sus habitantes terminaron por alimentarse con lo que podían, desde las cortezas de los árboles hasta el cuero de los taburetes. Al cabo de varios meses, aniquilados por la bravura de guerra de los sitiados, y destruidos por la fiebre amarilla, la disentería y el calor, los ingleses se retiraron en derrota. Los habitantes de la ciudad, en cambio, estaban completos y saludables, pero se habían comido hasta la última rata.

Muchos cubanos, por supuesto, conocían este drama. Pero su raro sentido histórico les impedía pensar que pudiera repetirse. Nadie hubiera podido imaginar, en el incierto Año Nuevo de 1964, que aún faltaban los tiempos peores de aquel bloqueo férreo y desalmado, y que había de llegarse a los extremos de que se acabara hasta el agua de beber en muchos hogares y en casi todos los establecimientos públicos.

viernes, 11 de abril de 2014

DICHA GRANDE: REINICIO DE LA GESTA INDEPENDENTISTA CUBANA



Por José Gilberto Valdés
"Bajan del bote. Llueve grueso al arrancar. Rumbamos mal. Ideas diversas y revueltas en el bote. Más chubascos. El timón se pierde. Fijamos rumbo. Llevo el remo de proa. Salas rema seguido. Paquito Borrero y el General ayudan de popa. Nos ceñimos los revólveres. La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras, la playita al pie del Cajobabo, me quedo en el bote el último vaciándolo. Salto. Dicha grande."
Así describe José Martí el desembarco en la costa oriental de Cuba para el reinicio de la lucha independentista, el 11 de abril de 1895. Junto a él Máximo Gómez, dominicano y destacado jefe militar y estratega en la Guerra de los Diez Años (1868-1878) y otros patriotas. Para el momento en que ponen pie en tierra, toda la isla vibra desde el 24 de febrero por la nueva clarinada en la contienda contra el colonialismo español.
Por la descripción de los historiadores y testigos presenciales es posible imaginarse el curso de los acontecimientos en ese punto geográfico de difícil acceso, con una forma de “U” de unos cincuenta metros de profundidad hasta un alto farallón.
En la noche, el silencio es roto por las olas del mar. Allí está un hombre de frente amplia y pelo desgreñado, con “pantalón y chamarreta azul, sombrero negro y alpargata”. ¿Pudo haber pensado en el tortuoso camino transitado para difundir la idea de la guerra necesaria?
¡Cuánto ardiente verbo y certera pluma, sin descanso, para convencer a los viejos mambises y a los pinos nuevos en la intención de juntar voluntades y recursos por una Patria libre!
No se amilanó su espíritu emprendedor ante los contratiempos del Plan Fernandina, donde se incautaron los recursos previstos para una guerra de corta duración. Mantuvo su corazón fuerte incluso en las peripecias  del último viaje a la isla, interrumpido por la deserción de los tripulantes del primer barco y el encuentro con gente de mar simpatizante que colaboró en la sigilosa marcha a Cuba.
Muchos afirman que el Delegado del Partido Revolucionario Cubano se sentía satisfecho y útil, tras los momentos conspirativos vividos junto a Gómez en la dominicana localidad de Montecristi, donde en el mes de marzo redactaron el programa de acción política y militar que denominan Manifiesto a Cuba del Partido Revolucionario.

Después del desembarco, instalaron varios campamentos hasta que el 15 de abril, en la manigua redentora,  Martí fue ascendido a Mayor General del Ejército Libertador -- más por sus méritos y sacrificios que por experiencia militar--, por decisión de Máximo Gómez  En ese lugar recibió la primera bandera cubana, bordada por Juana Pérez, esposa del General Pedro Agustín Pérez y el General José Maceo le entregó el caballo "Baconao", en el cual cabalgó hasta su caída en Dos Ríos, el fatídico 19 de mayo.