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viernes, 25 de abril de 2014

El bloqueo desde la óptica del Gabo

He tomado de Cubadebate este excelente artículo del Gabo que más que un trabajo periodístico pudiera servir de clase de historia sobre un hecho del que se habla todos los días en Cuba pero aun a la vuelta de tantos años resulta para muchos cubanos una palabra vacía cuando para nada lo es: el bloqueo de los Estados Unidos a Cuba. !Cómo  me gustaría que tantos jóvenes lo leyeran!

¿Cómo se asfixia a un pueblo sin tirar un cañonazo? 
Por: Gabriel García Márquez


En momentos de relectura de su obra ante la partida, encontramos este texto de Gabriel García Márquez, publicado en 1978 en la revista Proceso. En él, con la maestría acostumbrada, el Gabo recrea sus impresiones de los primeros años del bloqueo de Estados Unidos en Cuba. CubaDebate lo comparte, en su honor y por la óptica con que aborda el tema.
Aquella noche, la primera del bloqueo, había en Cuba unos 482,560 automóviles, 343,300 refrigeradores, 549,700 receptores de radio, 303,500 televisores, 352,900 planchas eléctricas, 286,400 ventiladores, 41,800 lavadoras automáticas, 3,500,000 relojes de pulsera, 63 locomotoras y 12 barcos mercantes. Todo eso, salvo los relojes de pulso, que eran suizos, había sido hecho en los Estados Unidos.

Al parecer, había de pasar un cierto tiempo antes de que la mayoría de los cubanos se dieran cuenta de lo que significaban en su vida aquellos números mortales. Desde el punto de vista de la producción, Cuba se encontró de pronto con que no era un país distinto sino una península comercial de los Estados Unidos. Además de que la industria del azúcar y el tabaco dependían por completo de los consorcios yanquis, todo lo que se consumía en la isla era fabricado por los Estados Unidos, ya fuera en su propio territorio o en el territorio mismo de Cuba.

La Habana y dos o tres ciudades más del interior daban la impresión de la felicidad de la abundancia, pero en realidad no había nada que no fuera ajeno, desde los cepillos de dientes hasta los hoteles de 20 pisos de vidrio del Malecón. Cuba importaba de los Estados Unidos casi 30 mil artículos útiles e inútiles para la vida cotidiana. Inclusive los mejores clientes de aquel mercado de ilusiones eran los mismos turistas que llegaban en el Ferry boat de West Palm Beach y por el Sea Train de Nueva Orléans, pues también ellos preferían comprar sin impuestos los artículos importados de su propia tierra. Las papayas criollas, que fueron descubiertas en Cuba por Cristóbal Colón desde su primer viaje, se vendían en las tiendas refrigeradas con la etiqueta amarilla de los cultivadores de las Bahamas. Los huevos artificiales que las amas de casa despreciaban por su yema lánguida y su sabor de farmacia tenían impreso en la cáscara el sello de fábrica de los granjeros de Carolina del Norte, pero algunos bodegueros avispados los lavaban con disolvente y los embadurnaban de caca de gallina para venderlos más caros como si fueran criollos. No había un sector del consumo que no fuera dependiente de los Estados Unidos. Las pocas fábricas de artículos fáciles que habían sido instaladas en Cuba para servirse de la mano de obra barata estaban amontonadas con maquinaria de segunda mano que ya había pasado de moda en su país de origen. Los técnicos mejor calificados eran norteamericanos, y la mayoría de los escasos técnicos cubanos cedieron a las ofertas luminosas de sus patrones extranjeros y se fueron con ellos para los Estados Unidos. Tampoco había depósitos de repuestos, pues la industria ilusoria de Cuba reposaba sobre la base de que sus repuestos estaban sólo a 90 millas, y bastaba con una llamada telefónica para que la pieza más difícil llegara en el próximo avión sin gravámenes ni demoras de aduana.

A pesar de semejante estado de dependencia, los habitantes de las ciudades continuaban gastando sin medida cuando ya el bloqueo era una realidad brutal. Inclusive muchos cubanos que estaban dispuestos a morir por la Revolución, y algunos sin duda que de veras murieron por ella, seguían consumiendo con un alborozo infantil. Más aún: las pioneras medidas de la Revolución habían aumentado de inmediato el poder de compra de las clases más pobres, y estas no tenían entonces otra noción de felicidad que el placer simple de consumir. Muchos sueños aplazados durante media vida y aun durante vidas enteras se realizaban de pronto. Sólo que las cosas que se agotaban en el mercado no eran repuestas de inmediato, y algunas no serían repuestas en muchos años, de modo que los almacenes deslumbrantes del mes anterior se quedaban sin remedio en los puros huesos.

Cuba fue por aquellos años iniciales el reino de la improvisación y el desorden. A falta de una nueva moral –que aún habrá de tardar mucho tiempo para formarse en la conciencia de la población– el machismo Caribe había encontrado una razón de ser en aquel estado general de emergencia.

El sentimiento nacional estaba tan alborotado con aquel ventarrón incontenible de novedad y autonomía, y al mismo tiempo las amenazas de la reacción herida eran tan verdaderas e inminentes, que mucha gente confundía una cosa con la otra y parecía pensar que hasta la escasez de leche podía resolverse a tiros. La impresión de pachanga fenomenal que suscitaba la Cuba de aquella época entre los visitantes extranjeros, tenía un fundamento verídico en la realidad y en el espíritu de los cubanos, pero era una embriaguez inocente al borde del desastre.

En efecto, yo había regresado a La Habana por segunda vez a principios de 1961, en mi condición de corresponsal errátil de Prensa Latina, y lo primero que me llamó la atención fue que el aspecto visible del país había cambiado muy poco, pero que en cambio la tensión social empezaba a ser insostenible. Había volado desde Santiago hasta La Habana en una espléndida tarde de marzo, observando por la ventanilla los campos milagrosos de aquella patria sin ríos, las aldeas polvorientas, las ensenadas ocultas, y a todo lo largo del trayecto había percibido señales de guerra. Grandes cruces rojas dentro de círculos blancos habían sido pintadas en los techos de los hospitales para ponerlos a salvo de bombardeos previsibles. También en las escuelas, los templos y los asilos de ancianos se habían puesto señales similares. En los aeropuertos civiles de Santiago y Camagüey había cañones antiaéreos de la Segunda Guerra Mundial disimulados con lonas de camiones de carga, y las costas estaban patrulladas por lanchas rápidas que habían sido de recreo y entonces estaban destinadas a impedir desembarcos. Por todas partes se veían estragos de sabotajes recientes: cañaverales calcinados con bombas incendiarias por aviones mandados desde Miami, ruinas de fábricas dinamitadas por la resistencia interna, campamentos militares improvisados en zonas difíciles donde empezaban a operar con armamentos modernos y excelentes recursos logísticos los primeros grupos hostiles de la revolución. En el aeropuerto de La Habana donde era evidente que se hacían esfuerzos para que no se notara el ambiente de guerra, había un letrero gigantesco de un extremo a otro de la cornisa principal: “Cuba, territorio libre de América”. En lugar de los soldados barbudos de antes, la vigilancia estaba a cargo de milicianos muy jóvenes con uniforme verde olivo, entre ellos algunas mujeres, y sus armas eran todavía las de los viejos arsenales de la dictadura. Hasta entonces no había otras. El primer armamento moderno que logró comprar la Revolución a pesar de las presiones contrarias de los Estados Unidos había llegado de Bélgica el 4 de marzo anterior, a bordo del barco francés Le Coubre, y este voló en el muelle de La Habana con 700 toneladas de armas y municiones en las bodegas por causa de una explosión provocada. El atentado produjo además 75 muertos y 200 heridos entre los obreros del puerto pero no fue reivindicado por nadie, y el gobierno cubano lo atribuyo a la CIA. Fue en el entierro de las víctimas cuando Fidel Castro proclamó la consigna que habría de convertirse en la divisa máxima de la nueva Cuba: “Patria o Muerte”. Yo la había visto por primera vez en las calles de Santiago, la había visto pintada a brocha gorda sobre los enormes carteles de propaganda de empresas de aviación y pastas dentífricas norteamericanas en la carretera polvorienta del aeropuerto de Camagüey, y la volví a encontrar repetida sin tregua en cartoncitos improvisados en las vitrinas de las tiendas para turistas del aeropuerto de La Habana, en las antesalas y los mostradores, y pintada con albayalde en los espejos de la peluquería y con carmín de labios en los cristales de los taxis. Se había conseguido tal grado de saturación social, que no había ni un lugar ni un instante en que no estuviera escrita aquella consigna de rabia, desde las pailas de los trapiches hasta el calce de los documentos oficiales, y la prensa, la radio, y la televisión la repitieron sin piedad durante días enteros y meses interminables, hasta que se incorporó a la propia esencia de la vida cubana.

En La Habana, la fiesta estaba en su apogeo. Había mujeres espléndidas que cantaban en los balcones, pájaros luminosos en el mar, música por todas partes, pero en el fondo del júbilo se sentía el conflicto creador de un modo de vivir ya condenado para siempre, que pugnaba por prevalecer contra otro modo de vivir distinto, todavía ingenuo, pero inspirado y demoledor. La ciudad seguía siendo un santuario de placer, con máquinas de lotería hasta en las farmacias y automóviles de aluminio demasiado grandes para las esquinas coloniales, pero el aspecto y la conducta de la gente estaba cambiando de un modo brutal. Todos los sedimentos del subsuelo social habían salido a flote, y una erupción de lava humana, densa y humeante, se esparcía sin control por los vericuetos de la ciudad liberada, y contaminaba de un vértigo multitudinario hasta sus últimos resquicios. Lo más notable era la naturalidad con que los pobres se habían sentado en la silla de los ricos en los lugares públicos. Habían invadido los vestíbulos de los hoteles de lujo, comían con los dedos en las terrazas de las cafeterías del Vedado, y se cocinaban al sol en las piscinas de aguas de colores luminosos de los antiguos clubes exclusivos de Siboney.

El cancerbero rubio del hotel Habana Hilton, que empezaba a llamarse Habana Libre, había sido reemplazado por milicianos serviciales que se pasaban el día convenciendo a los campesinos de que podían entrar sin temor, enseñándoles que había una puerta de ingreso y otra de salida, y que no se corría ningún riesgo de tisis aunque se entrara sudando en el vestíbulo refrigerado. Un chévere legítimo del Luyanó, retinto, y esbelto, con una camisa de mariposas pintadas y zapatos de charol con tacones de bailarín andaluz, había tratado de entrar al revés por la puerta de vidrios giratorios del hotel Riviera, justo cuando trataba de salir la esposa suculenta y emperifollada de un diplomático europeo. En una ráfaga de pánico instantáneo, el marido que la seguía trató de forzar la puerta en un sentido mientras los milicianos azorados trataban de forzarla desde el exterior en sentido contrario. La blanca y el negro se quedaron atrapados por una fracción de segundo en la trampa de cristal, comprimidos en el espacio previsto para una sola persona, hasta que la puerta volvió a girar, y la mujer corrió confundida y ruborizada, sin esperar siquiera al marido, y se metió en la limusina que la esperaba con la puerta abierta y que arrancó al instante. El negro, sin saber muy bien lo que había pasado, se quedó abochornado y trémulo.

-¡Coño! –Suspiró– ¡Olía a flores!

Eran tropiezos frecuentes. Y comprensibles, porque el poder de compra de la población urbana y rural había aumentado de un modo considerable en un año. Las tarifas de la electricidad, del teléfono, del transporte y de los servicios públicos en general, habían sufrido reducciones drásticas, y se organizaban excursiones especiales del campo a la ciudad y de la ciudad al campo que en muchos casos eran gratuitos. Por otra parte, el desempleo se estaba reduciendo a grandes pasos, los sueldos subían, y la Reforma Urbana había aliviado la angustia mensual de los alquileres, y la educación y los útiles escolares no costaban nada. Las 20 leguas de harina de marfil de las playas de Varadero, que antes tenían un solo dueño y cuyo disfrute estaba reservado a los ricos demasiado ricos, fueron abiertas sin condiciones para todo el mundo, inclusive para los mismos ricos. Los cubanos, como la gente del Caribe en general, habían creído desde siempre que el dinero sólo servía para gastárselo, y por primera vez en la historia de su país lo estaban comprobando en la práctica.

Creo que muy pocos éramos conscientes de la manera sigilosa pero irreparable en que la escasez se nos iba metiendo en la vida.

Aún después del desembarco en Playa Girón los casinos continuaban abiertos, y algunas putitas sin turistas rondaban por los contornos en espera de que un afortunado casual de la ruleta les salvara la noche. Era evidente que a medida que las condiciones cambiaban, aquellas golondrinas solitarias se iban volviendo lúgubres y cada vez más baratas. Pero de todos modos las noches de La Habana y de Guantánamo seguían siendo largas e insomnes, y la música de las fiestas de alquiler se prolongaba hasta el alba. Esos rezagos de la vida vieja mantenían una ilusión de normalidad y abundancia que ni las explosiones nocturnas, ni los rumores constantes de agresiones infames, ni la inminencia real de la guerra conseguían extinguir, pero que desde hacía mucho tiempo habían dejado de ser verdad. A veces no había carne en los restaurantes después de la media noche, pero no nos importaba, porque tal vez había pollo.

A veces no había plátano, pero no nos importaba porque tal vez había boniato. Los músicos de los clubes vecinos y los chulos impávidos que esperaban las cosechas de la noche frente a un vaso de cerveza, parecían tan distraídos como nosotros ante la erosión incontenible de la vida cotidiana.

En el centro comercial habían aparecido las primeras colas y un mercado negro incipiente pero muy activo empezaba a controlar los artículos.

Yo tomé conciencia del bloqueo de una manera brutal, pero a la vez un poco lírica, como había tomado conciencia de casi todo en la vida. Después de una noche de trabajo en la oficina de Prensa Latina me fui solo y medio entorpecido en busca de algo para comer. Estaba amaneciendo. El mar tenía un humor tranquilo y una brecha anaranjada lo separaba del cielo en el horizonte. Caminé por el centro de la avenida desierta, contra el viento de salitre del malecón, buscando algún lugar abierto para comer bajo las arcadas de piedras carcomidas y rezumantes de la ciudad vieja. Por fin encontré una fonda con la cortina metálica cerrada pero sin candado, y traté de levantarla para entrar, porque dentro había luz y un hombre estaba lustrando los vasos en el mostrador. Apenas lo había intentado cuando sentí a mis espaldas el ruido inconfundible de un fusil al ser montado, y una voz de mujer muy dulce pero resuelta.

–Quieto compañero –dijo– Levanta las manos. Era una aparición en la bruma del amanecer. Tenía un semblante muy bello, con el pelo amarrado en la nuca como una cola de caballo, y la camisa de miliciana ensopada por el viento del mar. Estaba asustada sin duda, pero tenía los tacones separados y bien establecidos en la tierra, y agarraba el fusil como un soldado.

–Tengo hambre –dije.

Tal vez lo dije con demasiada convicción, porque sólo entonces comprendió que yo no había tratado de entrar a la fonda a la fuerza, y su desconfianza se convirtió en lástima.

–Es muy tarde –dijo.

–Al contrario –le repliqué–: el problema es que es demasiado temprano. Lo que quiero es desayunar.

Entonces hizo señas hacia adentro por el cristal, y convenció al hombre de que me sirviera algo aunque faltaban dos horas para abrir. Pedí huevos fritos con jamón, café con leche y pan con mantequilla, y un jugo fresco de cualquier fruta. El hombre me dijo con una precisión sospechosa que no había huevos ni jamón desde hacía una semana ni leche desde hacía tres días, y que lo único que podía servirme era una taza de café negro y pan sin mantequilla, y si acaso un poco de macarrones recalentados de la noche anterior. Sorprendido le pregunté qué estaba pasando con las cosas de comer, y mi sorpresa era tan inocente que entonces fue él quien se sintió sorprendido.

–No pasa nada –me dijo–. Nada más que a este país se lo llevó el carajo.

No era enemigo de la Revolución como lo imaginé al principio. Al contrario era el último de una familia de 11 personas que se habían fugado en bloque para Miami. Había decidido quedarse, y en efecto se quedó para siempre, pero su oficio le permitía descifrar el porvenir con elementos más reales que los de un periodista trasnochado. Pensaba que antes de tres meses tendría que cerrar la fonda por falta de comida, pero no le importaba mucho porque ya tenía planes muy bien definidos para su futuro personal.

Fue un pronóstico certero. El 12 de marzo de 1962, cuando ya habían transcurrido 322 días desde el principio del bloqueo, se impuso el razonamiento drástico de las cosas de comer. Se asignó a cada adulto una ración mensual de tres libras de carne, una de pollo, seis de arroz, dos de manteca, una y media de frijoles, cuatro onzas de mantequilla y cinco huevos. Era una ración calculada para que cada cubano consumiera una cuota normal de calorías diarias. Había raciones especiales para los niños, según la edad, y todos los menores de 14 años tenían derecho a un litro diario de leche. Más tarde empezaron a faltar los clavos, los detergentes, los focos, y otros muchos artículos de urgencia doméstica, y el problema de las autoridades no era reglamentarlos sino conseguirlos. Lo más admirable era comprobar hasta qué punto aquella escasez impuesta por el enemigo iba acendrando la moral social. El mismo año en que se estableció el racionamiento ocurrió la llamada Crisis de Octubre, que el historiador inglés Hugh Thomas ha calificado como la más grave de la historia de la humanidad, y la inmensa mayoría del pueblo cubano se mantuvo en estado de alerta durante un mes, inmóviles en sus sitios de combate hasta que el peligro pareció conjurado, y dispuestos a enfrentarse a la bomba atómica con escopetas. En medio de aquella movilización masiva que hubiera bastado para desquiciar a cualquier economía bien asentada, la producción industrial alcanzó cifras insólitas, se terminó el ausentismo en las fábricas y se sortearon obstáculos que en circunstancias menos dramáticas hubieran sido fatales. Una telefonista de Nueva York le dijo en esa ocasión a una colega cubana que en los Estados Unidos estaban muy preocupados por lo que pudiera ocurrir.

–En cambio aquí estamos muy tranquilos –replicó la cubana–. Al fin y al cabo, la bomba atómica no duele.

El país producía entonces suficientes zapatos para que cada habitante de Cuba pudiera comprar un par al año, de modo que la distribución se canalizó a través de los colegios y los centros de trabajo. Sólo en agosto de 1963, cuando ya casi todos los almacenes estaban cerrados porque no había materialmente nada que vender, se reglamentó la distribución de la ropa. Empezaron por raciones de nueve artículos, entre ellos los pantalones de hombre, la ropa interior para ambos sexos y ciertos géneros textiles, pero antes de un año tuvieron que aumentarlos a 15. Aquella Navidad fue la primera de la Revolución que se celebró sin cochinito y turrones, y en que los juguetes fueron racionados. Sin embargo, y gracias precisamente al racionamiento, fue también la primera Navidad en la historia de Cuba en que todos los niños sin ninguna distinción tuvieron por lo menos un juguete. A pesar de la intensa ayuda soviética y de la ayuda de China Popular que no era menos generosa en aquel tiempo, y a pesar de la asistencia de numerosos técnicos socialistas y de la América Latina, el bloqueo era entonces una realidad ineludible que había de contaminar hasta las grietas más recónditas de la vida cotidiana y a apresurar los nuevos rumbos irreversibles de la historia de Cuba. Las comunicaciones con el resto del mundo se habían reducido al mínimo esencial. Los cinco vuelos diarios a Miami y los dos semanales de Cubana de Aviación a Nueva York fueron interrumpidos desde la Crisis de Octubre. Las pocas líneas de América Latina que tenías vuelos a Cuba los fueron cancelando a medida que sus países interrumpían las relaciones diplomáticas y comerciales, y sólo quedo un vuelo semanal desde México que durante muchos años sirvió de cordón umbilical con el resto de América, aunque también como canal de infiltración de los servicios de subversión y espionaje de los Estados Unidos. Cubana de Aviación, con su flota reducida a los épicos Bristol Britannia que eran los únicos cuyo mantenimiento podían asegurar mediante acuerdos especiales con los fabricantes ingleses, sostuvo un vuelo casi acrobático a través de la ruta polar hasta Praga. Una carta de Caracas, a menos de mil kilómetros de la costa cubana, tenía que darle la vuelta a medio mundo para llegar a La Habana. La comunicación telefónica con el resto del mundo tenía que hacerse por Miami o Nueva York, bajo el control de los servicios secretos de los Estados Unidos, mediante un prehistórico cable submarino que fue roto en una ocasión por un barco cubano que salió de la bahía de La Habana arrastrando el ancla que había olvidado levar. La única fuente de energía eran los 5 millones de toneladas de petróleo que los tanqueros soviéticos transportaban cada año desde los puertos del Báltico, a 14 mil kilómetros de distancia, y con una frecuencia de un barco cada 53 horas. El Oxford, un buque de la CIA equipado con toda clase de elementos de espionaje, patrulló las aguas territoriales cubanas durante varios años para vigilar que ningún país capitalista, salvo los muy pocos que se atrevieron, contrariara la voluntad de los Estados Unidos. Era además una provocación calculada a la vista de todo el mundo. Desde el malecón de La Habana o desde los barrios altos de Santiago se veía de noche la silueta luminosa de aquella nave de provocación anclada en aguas territoriales. Tal vez muy pocos cubanos recordaban que del otro lado del mar Caribe, tres siglos antes, los habitantes de Cartagena de Indias habían padecido un drama similar.

Las 120 mejores naves de la armada inglesa, al mando del almirante Vernon, habían sitiado la ciudad con 30 mil combatientes selectos, muchos de ellos reclutados en las colonias americanas que más tarde serían los Estados Unidos. Un hermano de George Washington, el futuro libertador de esas colonias, estaba en el estado mayor de las tropas de asalto. Cartagena de Indias, que era famosa en el mundo de entonces por sus fortificaciones militares y la espantosa cantidad de ratas de sus albañales, resistió el asedio con una ferocidad invencible, a pesar de que sus habitantes terminaron por alimentarse con lo que podían, desde las cortezas de los árboles hasta el cuero de los taburetes. Al cabo de varios meses, aniquilados por la bravura de guerra de los sitiados, y destruidos por la fiebre amarilla, la disentería y el calor, los ingleses se retiraron en derrota. Los habitantes de la ciudad, en cambio, estaban completos y saludables, pero se habían comido hasta la última rata.

Muchos cubanos, por supuesto, conocían este drama. Pero su raro sentido histórico les impedía pensar que pudiera repetirse. Nadie hubiera podido imaginar, en el incierto Año Nuevo de 1964, que aún faltaban los tiempos peores de aquel bloqueo férreo y desalmado, y que había de llegarse a los extremos de que se acabara hasta el agua de beber en muchos hogares y en casi todos los establecimientos públicos.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Foro digital expone daños del bloqueo de EE.UU. a Cuba




Dai Liem Lafá Armenteros

Un foro debate sobre los daños ocasionados a Cuba por el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por el gobierno de EE.UU. a Cuba, fue abierto este lunes en la página digital http://foros.acnu.org.cu.
La Asociación Cubana de Naciones Unidas convoca así a los interesados a hacer comentarios y preguntas sobre el tema con antelación, ya que el próximo día ocho el foro se realizará en vivo, con la participación de personalidades de la sociedad civil y de organismos centrales del Estado, indica una nota enviada a la AIN por la institución.
El tema central es “El bloqueo de estadounidense no rinde al pueblo cubano, pero lo daña”, y se puede participar desde todas partes del mundo.
Autoridades cubanas indican que el daño económico ocasionado por la aplicación del bloqueo hasta diciembre de 2011, considerando la depreciación del dólar frente al valor del oro en el mercado internacional, asciende a un billón 66 mil millones de dólares.
Esta medida arbitraria que resiste la Isla desde hace medio siglo constituye el aspecto esencial que incide en las relaciones bilaterales entre ambos países, ya que incluye la aplicación extraterritorial de leyes como la Torricelli y la Helms-Burton.
Reiteradamente Cuba ha presentado en la Asamblea General de Naciones Unidas denuncias y resoluciones con apoyo casi unánime de todos los estados miembros.
Desoyendo este justo reclamo, EE.UU. insiste e intensifica su política injerencista.

sábado, 17 de marzo de 2012

Condena la Santa Sede bloqueo de EE.UU. contra Cuba

La Santa Sede condenó el viernes último el bloqueo estadounidense contra Cuba, en declaraciones previas a la visita que realizará el Papa Benedicto XVI a la Isla, de acuerdo con una nota que hoy publica el diario Granma.
En conferencia de prensa, el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, señaló que "son las personas quienes sufren las consecuencias de la postura estadounidense", un cerco económico, comercial y financiero impuesto hace más de medio siglo, precisó.
"La Santa Sede no cree que es una medida positiva y útil", agregó en respuesta a una pregunta durante una sesión informativa acerca del viaje que el Papa realizará este mes a México y Cuba.
El vocero vaticano reconoció el buen estado físico de Benedicto XVI para efectuar la visita a México del 23 al 26 de este mes, y luego a Cuba, del 26 al 28 siguientes.
"Está muy bien, y su disposición a emprender un recorrido tan agotador nos lo confirma", agregó.
Ese viaje del Sumo Pontífice constituye el segundo a América Latina, tras el efectuado a Brasil en el 2007, recuerda Granma, y expone que la Cancillería cubana abrió un sitio web dedicado a informar sobre la visita del Santo Padre.
Además del programa oficial en Cuba de Benedicto XVI, el nuevo sitio benedictocuba.cubaminrex.cu contiene informaciones sobre los acontecimientos actuales de la vida eclesiástica y datos estadísticos sobre la Iglesia católica y de otras religiones en la Isla. (AIN)

miércoles, 26 de octubre de 2011

Condena mundial al bloqueo: el vigésimo golpe

Veinte años son algo en la escala política y diplomática. De hecho, pueden definir con exactitud la verticalidad de una conducta, o lo mañoso, sucio y obsesivo de un comportamiento.

Y en el caso del bloqueo económico, comercial y financiero de los Estados Unidos a Cuba, rechazado este octubre por vigésima ocasión en la Asamblea General de la ONU, se reúnen ambos factores.

Por un lado, la denuncia clara, precisa, contundente y enjundiosa en datos y cifras, de la Isla con relación al cerco imperialista que se prolonga durante casi medio siglo.

Todo, junto a la reiterada posición de condena a la política gringa de la inmensa mayoría de la humanidad, aun cuando el principal aludido sigue prestando oídos sordos al reclamo global.

De la otra parte, precisamente, la acendrada y terca posición oficial norteamericana, que por decenios no hace otra cosa que mentir en la máxima tribuna internacional cuando insiste en presentar la agresión económica a la Ínsula como un asunto meramente bilateral.

O cuando utiliza los términos “relaciones comerciales” al referirse a trabajosas y controvertidas ventas unilaterales de alimentos a La Habana, o cuando intenta minimizar los efectos de un cerco que ya ha causado a los cubanos pérdidas cercanas al billón de dólares, y marcado con penurias y escasez todo el tiempo de vida de más del 70 por ciento de nuestros ciudadanos de hoy.

Desde luego, a nuestra nación le cabe un inmenso mérito: el de la más enconada resistencia.

Ese trofeo es el que le reconocen con admiración los pueblos del mundo, y es el que los anima, año tras año, a pesar de intensas presiones imperiales, a declararse contrarios al bloqueo y emitir su voto a favor de las resoluciones cubanas que demandan el fin de semejante política genocida.

Mientras, Washington queda casi en solitario, escrutinio tras escrutinio, como el terco prepotente que no considera válida o sensata cualquier opinión que no admita sus sórdidos propósitos.

Por demás, la votación sobre el bloqueo, convertida en formidable batalla política cada año desde hace cuatro lustros, coloca nuevamente sobre la mesa las malformaciones impuestas por los poderosos al máximo organismo internacional.

Resulta contraproducente que las decisiones de la Asamblea General, el órgano más representativo y abierto de la ONU, solo tengan valor vinculante, y permitan que las acciones agresivas del imperio no puedan ser desechas, y que los culpables resulten sancionados debidamente.

Es de las otras injusticias que tienen que ser barridas, para que la democracia real se convierta en el pivote de unos vínculos globales verdaderamente racionales y efectivos. (Por Néstor Núñez, AIN)

Bloqueo a Cuba: 20 condenas y seguirán contando


Naciones Unidas, 26 oct. Una vez más la Asamblea General de la ONU volvió a rozar la unanimidad en su condena contra el bloqueo de Estados Unidos contra Cuba y en el reclamo del levantamiento de esa medida.

Un total de 186 miembros del foro mundial patentizaron esa exigencia al aprobar la víspera una resolución titulada Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba.

Y otra vez, Estados Unidos e Israel quedaron en un aislamiento absoluto en la casilla de votos en contra del texto, similar al presentado por Cuba durante los últimos 20 años.

Las abstenciones fueron las mismas del año pasado (Islas Marshall, Micronesia y Palau).

Se trata de uno de los temas tradicionales de la Asamblea General y que convoca los pronunciamientos más reiterados, con el apoyo más categórico y abrumador, como afirmó el canciller cubano, Bruno Rodríguez.

La primera resolución de condena al bloqueo fue adoptada en 1992 por 59 votos a favor, tres en contra (Estados Unidos, Israel y Rumanía) y 71 abstenciones.

Desde entonces, Washington nunca logró más de tres acólitos (siempre Israel entre ellos) en la exigua casilla de los NO, la cual contó con cuatro votos como máximo solo en cinco de las 20 votaciones realizadas (1993, 2004, 2005, 2006 y 2007).

Al hablar ayer ante el plenario de la ONU, el ministro cubano destacó que durante estas dos décadas la comunidad internacional ha reclamado de manera invariable y sostenida que se ponga fin al cerco norteamericano contra Cuba.

"Hubiera parecido imposible entonces (1992) que 20 años después esta Asamblea estaría hoy considerando el mismo asunto", un tema vinculado al derecho a la autodeterminación, la ley internacional, las reglas del comercio y las razones por las cuales existe la ONU, subrayó.

Dos decenios durante los cuales han transitado cuatro presidentes por la Casa Blanca: George Bush, William Clinton, George W. Bush y Barack Obama.

Y a los cuales se suman otros seis que gobernaron Estados Unidos desde la implantación del bloqueo en 1962 (John F. Kennedy, Lyndon Johnson, Richard Nixon, Gerald Ford, James Carter y Ronald Reagan).

En lo que respecta al actual inquilino del Salón Oval, Rodríguez dijo que a pesar de la falsa imagen de flexibilidad que pretende trasladar, el bloqueo permanece intacto, en completa aplicación y con una agudización de su carácter extraterritorial.

El período del presidente Obama está marcado por un reforzamiento de la persecución a las transacciones financieras cubanas en todo el mundo, sin respeto a las leyes de terceros países ni a la oposición de sus gobiernos, denunció el canciller.

Y por eso apuntó la inconsistencia del argumento de Washington que trata de presentar el tema del bloqueo como una cuestión bilateral que no debe ser tratada en la ONU.

La postura de la actual administración es "vieja, repetitiva, anclada al pasado, es como si, en vez del presidente elegido para el cambio, hablaran sus predecesores, incluso republicanos", opinó.

Quizás esa es una de las razones por la cual casi 30 países intervinieron ayer en la Asamblea General para respaldar a Cuba frente al bloqueo y exigir el levantamiento del asedio norteamericano contra la isla caribeña.

Un tema que ya está de hecho incluido en la agenda de la máxima instancia de la ONU para el próximo período, por solicitud contenida en la resolución aprobada la víspera. (Por Por Victor M. Carriba / PL)

lunes, 24 de octubre de 2011

Ojalá este 25 de octubre triunfe otra vez la razón en la ONU

Mis hijos, como todos los niños y jóvenes cubanos merecen vivir sin el peso del bloqueo yanqui sobre sus vidas. Ellos, digo, los cubanitos de hoy y de mañana privilegiados en este mundo por tener las oportunidades para cultivar su inteligencia, deben disponer de los recursos tecnológicos que no pocas veces obstaculiza el gobierno yanqui para nuestro sistema educacional, o los medicamentos que hagan más pronta la recuperación de sus padecimientos, o sólo poder relacionarse con otros niños y jóvenes norteamericanos que sueñen y piensen un mundo mejor, de confraternidad y sentimientos nobles. Mis esperanzas de madre y cubana se asentarán otra vez en la decisión de los votantes en la ONU para que condenen por vigésima vez consecutiva el empecinamiento yanqui, aunque, claro me gustaría muchísimo más que la condena se hiciera realidad. Seguiré albergando mis esperanzas.

“Informe de Cuba sobre la Resolución 65/6 de la Asamblea General de la ONU: “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por el gobierno de los EE.UU contra Cuba” en el sitio oficial Cuba vs el bloqueo en la dirección: Informe del Bloqueo